Actualmente, pensar en septiembre y la recurrencia de los sismos en una fecha específica nos genera un sinfín de emociones: preocupación, temor, alerta, curiosidad, sentido de protección y compromiso, entre otros. No obstante, esa recurrencia -y con esas magnitudes- no puede explicarse ya que no se trata de una fecha definida o que pueda anticiparse. De hecho, tampoco se trata del mes en que se ha registrado la mayor actividad sísmica desde que ésta se monitorea.
Encontrarnos hoy a 40 años del sismo de 1985 y a 8 años de 2017, además de plantearnos la necesidad de capacitación y de reflexión, nos lleva a pensar en la memoria viva, en la comunidad y en lo que podemos hacer diferente.

El ciclo de charlas y actividades culturales que se llevó a cabo en Tlatelolco desde el 17 de septiembre, hizo visible una necesidad de la comunidad: conocer nuevas perspectivas, recuperar testimonios y hacer memoria para que no se vuelva a repetir una situación similar a la de 1985. El lema “memoria viva” fue sinónimo de debate, de intercambio de experiencias, de reflexiones desde la gestión, la solidaridad y la acción ciudadana, de descubrimiento personal y colectivo. Las charlas se volvieron espacio de recuperación y catarsis, de lágrimas y reconocimiento a los ausentes.
Pensar en Tlatelolco en 1985 plantea un parteaguas desde la gestión ciudadana, la lucha por la vivienda, la reconstrucción y el potencial de la organización civil. Desde estos mismos principios, el caso de la colonia Guerrero se hace homologo, ya que también se trata de una comunidad resiliente, organizada, proactiva y dispuesta a luchar codo con codo -y con Superbarrio- por las condiciones de vida y los derechos civiles.


El 19 de septiembre es una huella de fragilidad, pero más aún de organización, cooperación y capacidad de respuesta. Fue una fecha donde niños y adultos vieron-sintieron cómo en segundos la vida se transformaba: así fue en 1985 y en 2017. Sólo queda en nosotros definir lo que sigue y hacer las cosas distintas: estar preparados para cualquier día y hora y mantener esa solidaridad tan única siempre presente.
A todas y todos los que abrieron su memoria, su corazón, su historia, sus conocimientos; a todos lo que aconsejaron, respondieron, sanaron desde la música y las palabras, muchas gracias.








