El Colegio de la Santa Cruz de Santiago Tlatelolco fue un referente de la educación superior en la sociedad en formación del siglo XVI. Más allá de los debates sobre sus alcances o funciones, se reconoce en él un espacio de diálogo y encuentro entre culturas y pensamientos, que generó una gran cantidad de testimonios. Su importancia histórica y cultural se puede sintetizar en los siguientes puntos clave:

- Centro de Mediación Intercultural: El colegio propició la interacción entre el humanismo renacentista europeo y el conocimiento y pensamiento mesoamericanos. Si bien las interpretaciones y perfil de las fuentes muestran un sesgo orientado desde la perspectiva cristiana, en estos diálogos se contrapusieron sistemas de pensamiento y se dejaron testimonios que hoy nos aportan valiosa información. Además, se formó a una élite intelectual indígena trilingüe (náhuatl, latín y castellano) que actuó como mediadora entre la Corona española y las comunidades originarias, desde distintos puestos, como escribanos, gobernadores e intérpretes, que permitieron generar puentes y estrategias.
- Preservación de la Memoria Indígena: podría considerarse que el colegio fue uno de los motores principales de lo que algunos investigadores denominan una “contra conquista” cultural, al propiciarse el rescate sistemático de la lengua y la historia indígena.
- Producción Intelectual y Científica: Bajo su techo se crearon documentos fundamentales como el Códice Badiano (Libellus de medicinalibus Indorum herbis), primer tratado de medicina herbolaria indígena, y diversas gramáticas y vocabularios que permitieron la alfabetización del náhuatl.
- Pionero bibliográfico y tecnológico: El recinto resguardó la primera biblioteca académica de América también una de las primeras imprentas de la Nueva España.
A pesar de los ataques de sus detractores, a quienes les preocupaba el empoderamiento intelectual de los indígenas, en breve tiempo el colegio demostró las capacidades y habilidades de sus estudiantes y fue un espacio que podría considerarse “laboratorio de intercambio cultural” y formación de identidades. No obstante, como comentamos en la primera parte de esta historia, se ha planteado que el colegio tuvo una corta vida y que vivió grandes contradicciones políticas de tal forma que el proyecto como tal no superó el final del siglo.
¿Qué pasó con el colegio después de la muerte de fay Bernardino de Sahagún?
Un hecho clave en la historia del colegio fue el fallecimiento de uno de sus impulsores, fray Bernardino de Sahagún, el 5 de febrero de 1590. Tras un período de autoadministración por parte de la comunidad indígena, que no dio buenos resultados (1546-1569), la orden francisana retomó su coordinación y fue fray Bernardino de Sahagún quien lideró el proceso de rehabilitación institucional e intelectual. Sus actividades principales incluyeron la restauración física y reorganización administrativa, junto con fray Juan de Torquemada, y el impulso de la investigación de la cultura y lingüística indígenas, que dieron como resultado obras como la Historia general de las cosas de la Nueva España.
Precisamente, la muerte de Sahagún en 1590 cerró este periodo de esplendor y mayor crecimiento del colegio. Junto con la pérdida de otras figuras clave, como Antonio Valeriano en 1605, la institución entró en una etapa de decadencia progresiva que transformó radicalmente su función y estructura.

De colegio superior a escuela de primeras letras
Se considera que para el siglo XVII, específicamente entre los años 1610 y 1612, el colegio dejó de funcionar como centro de estudios superiores para hijos de nobles indígenas. Las cátedras de artes liberales, gramática latina, retórica y teología fueron suspendidas o reducidas a su mínima expresión y, de esta forma, se dio una transición a escuela elemental, donde se enseñaba doctrina cristiana, lectura, escritura y buenos modales en castellano a los niños de la comunidad.
El año 1629 marcó un momento crítico, dado que se produjo una gran inundación que afectó la estructura y provocó también la migración de gran parte de la población de Santiago Tlatelolco. Además, este siglo vio nacer al Colegio de San Buenaventura y San Juan Capistrano (1660), seminario de formación religiosa que desplazó la importancia del antiguo proyecto educativo para naturales y se apropió de algunas rentas de ese colegio.
Tras encontrarse parcialmente en ruinas y frente a otros proyectos, las autoridades presentes en la comunidad en 1666 intentaron nuevamente remontar el proyecto y la infraestructura, reestableciendo las clases de humanidades; esta vez, el fracaso derivó de la falta de apoyos y fondos. En 1677 y 1683 se levantaron nuevas aulas, pero también tuvieron una vida breve.
El último momento del conocido como colegio de indios fue una reapertura temporal en 1728, cuando desde otras miradas e iniciativa intelectual, se rehabilitó la educación superior indígena y se otorgó el título de “colegiales reales” a siete estudiantes. Este renacimiento duró hasta 1735.
Para finales del siglo XVIII, el rastro del edificio original del Imperial Colegio se había perdido bajo nuevas construcciones y escombros. Una pequeña escuela elemental para indios continuó operando en el sitio hasta 1785, pero desapareció definitivamente antes de 1811, cuando el espacio comenzó a ser utilizado como presidio y cuartel. Otras paredes, otras historias…





Material de referencia
Sánchez de Bustamante, L. (2017). Tlatelolco Novohispano: espacio de diálogo intercultural. Arqueología e historia de la Caja de Agua. Tesis de arqueología (ENAH)


